Vías verdes de la Subbética y del Aceite.

Día 1. Puente Genil – Jaén – Martos. 164 Km.

Salgo de Puente Genil con buena mañana, lo atravieso, tomo carretera y al  rato ya estoy en la vía verde de la Subbética.

Este primer tramo de vía no me pareció tan bello, dicho sin demérito. Los primeros conejos atraviesan la vía y vi un ave parecida a una perdiz o codorniz pero más grande y con más cuello; no sé que sería.

Continúo entre vides por la zona de Moriles, alcanzando la primera estación, conservada pero sin habilitar para la vía.

Paso por Los Santos, Lucena.

Paso por Cabra y Doña Mencía, destacando la estación de Cabra, muy bien habilitada para la la vía verde.

Alcanzo Zuheros y subo su empinado sendero para ver el pueblo. Bajo y me dirijo a la estación de Luque. Paso por la Laguna del Conde y el embalse de Vadomojón, y entro en la Vía Verde del Aceite a través del viaducto que une las dos vías, adentrándome ya en el término municipal de Alcaudete.

Recorro con tranquilidad un buen tramo sin pueblos hasta Martos, donde me proveo  de alimento y agua en la única tienda que encontré abierta (era Jueves Santo).

Tras Martos, llegaron muy pronto Torredonjimeno y Torre del Campo, y algo después Jaén, donde recorrí el centro que ya conocía un poco, viendo la preparación de las procesiones de esa tarde-noche.

Finalmente “desciclo” el camino hasta pasado Martos y acampo en un rincón discreto del camino.

 

Día 2. Martos – Las Navas. 95 Km.

Termino de desmontar el campamento y parto sin desayunar porque comenzaba a llover. Duraría casi todo el día y la noche.

Paro en una caseta en ruinas junto al viaducto que une las dos vías verdes, donde me tomé unas galletas y mi rico café frío (no funcionaba el mechero), que me supo a gloria  a la vez que disfruté del descanso y de unas buenas vistas a través del goteo.

Continúo el camino bajo la lluvia. Subo por sendero empinado a Zuheros.

y por carretera hasta que me desvío por una pista rotísima, lloviendo (a veces con granizo) y con  frío.

No sé si por lo maltratado que está el teléfono o por la lluvia, pero se le “cae” la batería a velocidad endiablada y estoy en mitad de la montaña en una pista, con un piso horroroso para mi plegable, a la que le desinflé un poco las gomas. Dejo de grabar el track con el teléfono para ahorrar batería y consigo llegar a buen “puerto” un poco por intuición y un poco por azar, ya que preferí dejar el 3% de batería para emergencia, así que lo apagué y le saqué la batería.

Ya en la bajada las zapatas se desgastaron casi del todo por el barro.

Había comprobado el recorrido antes de apagar el móvil, y ante la lluvia y no poder seguir el camino por montaña en esas condiciones, sin track ni mapa que me guiara, me dirijo al pueblo de Carcabuey, ya por pista “decente”, donde me refugio en un bar para cargar el teléfono y de paso comer algo: dos tapas de albóndigas de atún con tomate que estaban bestiales.

Tras un rato salgo dando un rodeo, voy a Priego de Córdoba ya definitivamente sin móvil, porque la pantalla se apagó y en raras ocasiones se encendía, y si a veces lo hacía era un rápido parpadeo que no permitía ver el mapa, por lo que este fue el final del teléfono y no lo pude volver a utilizar. A partir de aquí tenía claro que el resto de viaje sería por carretera.

Lloviendo mucho, atravieso Priego, continuo hacia Almedinilla y bajo hacia el Sur con amenaza de lluvia para la noche. Al final acampo pasado Las Navas, junto a unas ruinas, donde dormí muy poco por la lluvia y el viento. Eso sí, las ranas cantaban nanas.

 

Día 3. Las Navas – Puente Genil. 116 Km.

Recojo todo sin desayunar con intención de hacerlo en el siguiente pueblo. Hago un largo y frío descenso hacia Algarinejo, al que llegué helado, con manos y pies entumecidos por el frío, ya que tanto guantes como zapatillas estaban empapados del día anterior. Había decidido no ponerme unos escarpines cortos que suelo llevar para estas situaciones, ya que no sabía el prolongado descenso que me esperaba ni tenía del todo claro que no llovería; y así de esa forma reservaba los escarpines.

En un bar de una gran plaza me tomo unas “supertostadas” con aceite y un “supercafé”, pegado a una estufa de pellet que me “hizo” de nuevo persona. Le pido a la señora aceite para la cadena – que ya rechinaba por tanta agua recibida en el día previo – y compruebo que ese ruidito a intervalos que se oía en la subidita al pueblo no se producía por cadena seca, sino por un eslabón a punto de “saltar”. La placa del eslabón que da al exterior estaba prácticamente salida del bulón y me pregunté cómo había tenido la suerte de poder llegar al pueblo – al que se accedía por cuesta -.

Se me había olvidado traer un eslabón de enlace (fallo gordo, por preparar el equipaje “de bulla y corriendo”), y decido meter el bulón en la placa con el tronchacadenas, en vez de quitar dos eslabones. Pero hay de mí que la herramienta – que la verdad no era de calidad – estaba rota y no conseguía apretar el bulón. Era Viernes Santo pero encontré un bazar chino, y aunque no tenía la herramienta en cuestión, me hice con unos alicates pequeños con los que conseguí meter el bulón lo suficientemente en la placa como para que con la ayuda de mi mala herramienta el eslabón quedara más o menos bien incrustado, aunque dejándolo un poco más salido de  la placa ya dañada, para compensar. Iría desde entonces sin forzar, y si finalmente fallaba la chapuza pues le quitaría dos eslabones (cosa que no me gusta).

Ya solo con las indicaciones de tráfico y las de los lugareños llegué a Iznajar. Como conocía el pueblo, lo evité, ahorrándome una buena subida y sobre todo tiempo para poder terminar la ruta con tranquilidad, cosa que finalmente no ocurrió, ya que un lugareño me indicó una carretera que supuestamente me llevaría directamente a Encinas Reales; y cometí el error del día al hacerle caso sin corroborar la información. Decía el buen señor que estaba muy poco transitada y eso captó toda mi atención, sin importarme sus advertencias sobre pendientes.

Cuando tomé la carretera, que en principio bordeaba el pantano de Iznajar, me di cuenta de que esas cuestas en realidad eran paredes de hasta el 18% (“cagoentó”, que me lo advirtió), pero el problema no fue ese, sino que al llegar a un cortijillo en todo lo alto sus habitantes  casi se parten de la risa cuando les pregunto cuánto quedaba para Encinas Reales: mucho, mucho, se reían. Estos sí que me indicaron bien y me dirigieron a Cuevas de San Marcos. De las dos opciones que me dieron, opté por seguir la carretera y no el atajo, porque no andaba yo entonces para perderme por los carriles.

Mi mayor preocupación era el tiempo, porque había prometido volver a casa ese día y tenía que llegar a Puente Genil, donde me esperaba el coche. A eso de las tres de la tarde comí en un bar de Cuevas de San Marcos la media ración de croquetas más contundente de mi vida: el camarero no me dejó pedir la ración completa, y acertó, a pesar de que le advertí del hambre que me perseguía … lástima no disponer del móvil para la foto de las croquetas (y de mi careto).

No tomé ni café; el chico me llenó la botella de agua y pregunté en dos ocasiones (por la experiencia anterior). Me indicaron para ir a Encinas Reales, que aunque la carretera tenía unas buenas rampas (por allí todo son puertos) me llevaba directo. Salgo a la carretera y no me desvío hacia el pueblo, ya que según las propias indicaciones de tráfico, ésta me llevaba a Lucena, así que olvidé ir a Encinas Reales. Quizá sería más largo, pero la carretera a Lucena era una nacional y de Lucena al coche transitaría por la vía verde, por lo que opté por lo que creía más seguro. Subí un largo puerto y casi arriba creí que el destino de la carretera era lo que a lo lejos parecía una autovía (en el pueblo me habían hablado de una autovía que pasaba cerca). Decido terminar de subir (total, ya qué más da) y era una nacional (ufff) que aparentemente daba la opción de ir a Lucena por nacional-autonónica o bien por autovía. La seguí y me desvió a Lucena por la nacional, casi sin tráfico (al discurrir junto a la autovía).

Estaba ya por entonces apajarado (a pesar de las croquetas). Se me hizo cansino llegar al pueblo, donde seguí a unos ciclistas que me llevaron a la vía verde. De aquí a Puente Genil quedaban unos buenos kilómetros, pero todo era llano (en su mayoría asfalto rugoso) y el “apajaramiento” se llevaría mejor (gracias a Dios que no hubo viento en contra)..

Llegué con sol y me fui directo a Málaga, aunque sin la antena de la radio del coche.

En fin, una ruta al final improvisada y precipitada que ha resultado lo que parecía, bonita y que deja buen recuerdo, no obsante la visicitudes. Amplié con la segunda vía verde porque me daba no sé qué dejarla ahí. Por la lluvia y sobre todo por quedarme sin orientación mecánica, me he quedado con las ganas de ver la parte de montaña, pero bueno, quizá en otra ocasión.

Nota: al día siguiente el teléfono funcionó sin más.

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